Sobre la tumba de Oscar Wilde se prolongan las persecuciones y prejuicios de los que fue víctima en vida. Muerto en Francia, Wilde pidió no ser trasladado a Inglaterra. Una admiradora anónima encargó al escultor Jacob Epstein una obra para el dramaturgo muerto. El artista eligió la imagen de una esfinge alada y dotada de un aparato reproductor masculino -digamos prominente-.
Dos señoras inglesas, escandalizadas por los excesivos atributos, a fuerza de golpes con un paraguas virtuoso, cercenaron "eso" que ellas creían no merecía estar en donde se lo veía. Los órganos escindidos fueron víctimas de los vericuetos burocráticos. Debe aún decidirse cómo, dónde y cuándo restituir estas partes a la asexuada esfinge. Mientras tanto sirven de pisapapeles sobre el escritorio de uno de los funcionarios del cementerio. (Extraído de "Trayectos póstumos" de Omar López Mato).
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