Mimos

Entonces, al hacerse trizas mi sueño del Bentley, me conformé con un par de billetes gratis para una representación en un teatro off Broodway. Que un famoso mimo internacional estuviera en el programa enfrió mi ardor hasta temperaturas polares, pero, con la esperanza de acabar de una vez por todas con mi mala suerte, decidí hacer acto de presencia. Me fue imposible invitar a una chica ya que sólo contaba con seis semanas de tiempo, entonces regalé el billete a un limpiador de ventanas, Lars, un letárgico subalterno tan rebosante de sensibilidad artística como el Muro de Berlín. Al principio, creyó que aquel papelito color naranja era comestible, pero, cuando le expliqué que servía para un espectáculo de mimo (el único espectáculo, con excepción de un incendio, que tenía alguna posibilidad de entender), me lo agradeció con grandes efusiones.

La noche del espectáculo, los dos (yo con mi capa de etiqueta y Lars con su cubo) salimos con aplomo del fondo de un coche alquilado, y al entrar en el teatro nos precipitamos hacia nuestros asientos donde pude examinar el programa y me enteré, con cierto nerviosismo, de que el primer sketch era un breve entretenimiento silencioso titulado Día de picnic. Empezó cuando un microbio de hombre entró al escenario con el rostro encalado y vestido con una malla de baile negra y ajustada. Un clásico traje de picnic igual que el que yo mismo llevé en un picnic en Central Park el año pasado y que, salvo para unos pocos adolescentes resentidos que lo tomaron por una coquetería senil, pasó desapercibido. El mimo empezó a desdoblar un mantel para colocarlo en la hierba, y, al instante, mi vieja duda volvió a asaltarme. Tanto podía estar desdoblando un mantel de picnic como ordeñando una cabra. Luego, con sumo cuidado se sacó los zapatos, si bien no estoy muy seguro de que fueran sus zapatos, porque se fraguó uno de ellos y envió el otro por correo a Pittsburgh. Digo «Pittsburgh» pero, en realidad, es sumamente difícil imitar el concepto de Pittsburgh y, pensándolo bien, creo que no estaba en absoluto imitando Pittsburgh, sino a un hombre que conducía un triciclo a través de una puerta giratoria o quizá también a dos hombres que desmantelaban una rotativa de imprenta. Cómo se relacionaba todo esto con el picnic es algo que no comprendo.

Luego, el mimo empezó a separar una colección invisible de objetos rectangulares, sin la menor duda pesados, como una edición completa de la Enciclopedia Británica, que, sospecho, sacaba de la cesta de picnic, aunque, por el modo en que maniobraba, también podrían haber sido los músicos del Cuarteto de Cuerdas de Budapest, todos atados y amordazados.

Fragmento del cuento "Un poco más alto, por favor! Para acabar con los espectáculos de mimo." de Woody Allen

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