Te tengo ganas como a un postre de chocolate, como a un licor de mis preferidos, como a una línea de merca, te tengo tantas ganas que te pagaría para cogerte.
Hace tiempo me pediste que no insistiera, que te dejara en paz, dejara de torturarte con mi presencia envolvente que te hacía sentir cosas sucias, muy seguramente.
Y me retiré.
Pero hoy estoy inquieto, siento un escozor particular: no me da lo mismo cualquier minita. No. Te tengo un especial antojo: quiero metértela a vos. No a otra.
Si, podría saciarme un poco, podría consumar algunas de las presas que vengo precalentando...por supuesto.
Pero quiero detenerme en esas tetas, las tuyas, pasear con las manos por tu cuerpo, hacerte gritar ligeramente -porque no podés hablar mucho cuando te estoy dando-, como te hice gritar alguna vez, hace tiempo. La memoria para esas cosas no me falla: recuerdo a quienes disfruté cuando me cogía. Y te tengo entre mis más gratos recuerdos.
Tanto te resististe que me provocaste la fantasía de atarte, tenerte un poco apretada, hasta que te duela incluso, mientras te voy entrando y saliendo, así rítmicamente, sacándola casi totalmente y volviéndote a entrar, así como sé que sufrirías un poco, si...Se me antoja ser tu sádico. No quiero sexo dulce con vos esta vez. Ya pasamos por eso y quiero vulnerarte un poco, verte más desesperada, como para impregnarte. Como para que no vuelvas a decirme “no, no quiero” la próxima vez que te invite. La próxima vez que te quiera. La próxima vez espero tu condescendencia, tu entrega.